28 junio 2018

Recordando a Papá

Por: Judith Canales

RECUERDOS DE MI PADRE

Periodista  Isaac Salazar León
Mi padre, hombre apuesto, culto e inteligente y bondadoso entre otras de sus muchas cualidades, era también un hombre alegre y galante que había tenido varias enamoradas en su juventud, algunas de las cuales parecían guardar aún las esperanzas de reavivar el fuego de algún ardiente verano. Sin embargo, aunque coqueto en forma natural, él amaba profundamente a Gracielita. Pienso que, más que todo, al ser él muy romántico (como buen amante de la literatura universal desde su temprana juventud) y por sus naturales dotes para la oratoria, se convertía en un blanco apetecible, en un reto para la vanidad de las mujeres, muchas de las cuales eran muy descaradas en sus insinuantes coqueteos y "trampitas" para desestabilizar la unión de mis padres. Afortunadamente, mi madre era muy inteligente y segura de sí misma, sin contar con el hecho de su madurez debida a las duras experiencias que le habían tocado vivir. Por eso nunca rebajó su dignidad como para darse por enterada de todas las argucias que utilizaban dichas féminas.
Como todo ser humano, papá también tenía sus defectos sin que ellos mellaran su grandeza. Por ejemplo, una parte de su carácter era el ser muy renegón (de joven, según su misma confesión, había sido iracundo) cuando se enfadaba por algo, especialmente con sus hijas, pues podía pasar varias horas hablando del tema y remarcando constantemente cómo deberíamos de corregir los errores o las faltas cometidas; estoy convencida de que jamás pensó en dañarnos y que solamente lo hacía para asegurarse de que estábamos conscientes de por qué no deberíamos repetir esas fallas; lo mismo hizo con mis hijos y yo le doy gracias a la vida porque ellos también pudieron disfrutar su amor y sus enseñanzas mientras Alberto y yo trabajábamos. Pero, lo que jamás olvidamos mis hermanas y yo, es que papá jamás nos castigó físicamente pues pensaba que ningún ser humano debería ser sometido a esa humillación.
Otra dificultad que Isaac tenía era la de no poder controlar el tiempo cuando daba respuesta a alguna pregunta de los jóvenes estudiantes del barrio o de la universidad, sobre la Historia del Perú, la Historia Universal, la Geografía, etc. (para esta última, tiza en mano sobre la vereda del frente de nuestra casa, él dibujaba de memoria los mapas de cualquier país, tal como eran antes o después de la Segunda Guerra Mundial) o cualquier otro tema afín. Era tanto el caudal de sus conocimientos y su generosidad, que deseaba transmitir todo lo que sabía en una sola respuesta. Con sus alumnos universitarios no tenía problema pues ellos siempre querían escuchar más y más, pero los estudiantes más jóvenes se aburrían un poco porque preferían ir a jugar antes que escuchar una larga clase. Cosas de la niñez y de la temprana juventud de las cuales, luego, nos arrepentimos tanto.
Desde que empecé con las primeras señales de estar comenzando a convertirme en mujer, papá Isaac, con mucha delicadeza, conversaba conmigo sobre temas de educación sexual y sentimental. Mis amigas, en cuyos hogares estas dos cosas eran temas tabú, me pidieron que le dijera si podía conversar también con ellas. En la sala de mi casa formábamos un grupo de cinco a seis miembros y cada quien hacía sus propias preguntas o exponía sus problemas sentimentales (tres de mis amigas eran dos años mayores que mi amiga y yo), y él en forma didáctica y amena absolvía todas nuestras inquietudes. De aquella época vienen a mi recuerdo los dichos que solía repetirnos para cuando alguno de los “carachosos” de los que estuviéramos enamoradas nos hiciera sufrir.
Que el carachoso se sentía muy artista y tenía otra enamorada a la par que a una de nosotras, pues, problema suyo, nosotras teníamos tales y cuales virtudes como para no sufrir por alguien que no valía moralmente porque no era una persona honesta y ésta era una cualidad que jamás podíamos pasar por alto. Frente erguida, siempre había que hacer carne en nosotras que no habíamos perdido nada, sino, por el contrario, nos habíamos librado de una persona desleal: Toda una vida para querer, sólo un minuto para olvidar. Y recuerden que siempre tomada la decisión, a espaldas vueltas, memorias muertas.
Ya un poco mayores, mis amigas continuaban llegando a casa para conversar con él. Las tertulias eran amenas y sazonadas con anécdotas, bromas y galletas con té, y algunos de los sabrosísimos dulces que preparaba mi madre.
Si desean un matrimonio duradero y feliz, al margen de los naturales problemas y sinsabores que alguna vez ha de presentarles la vida, deberían practicar la regla de las tres «OR»: Olor, Color y Sabor.
Si no trabajaran fuera de casa, procuren realizar sus tareas, especialmente el cocinar, muchísimo antes de la llegada de sus esposos, ¿por qué?, para que tengan tiempo de bañarse, arreglarse, abrir las ventanas para
que desaparezca el olor de los aderezos y compartir la mesa con sus familias como si fueran las Secretarias de la oficina de sus esposos. Creo que les haría mucho bien. Por lo menos, es lo que me ocurre a mí con mi Gracielita
Se han dado cuenta que muchas mujeres se ven ojerosas, desaliñadas, caminando como enfermas cuando les llega el día de su regla como si se tratara de un día fatal Bueno, ése día es como cualquier otro, parte de la feminidad que les corresponde…No es una enfermedad entonces, se bañan; si se ven pálidas se ponen un poco de rubor, pintan sus labios y continúan su vida con normalidad
Recuerden que no existe nada que no venga de Dios para nuestro bien, somos los seres humanos los que hacemos mal uso de lo que el Señor ha puesto a nuestro alcance, los que vamos, poco a poco, destruyendo lo que nos fue dado por amor. Disfruten su feminidad. Estudien mucho para que se hagan más fuertes, más independientes, para que ningún «carachoso» se sienta con derecho a humillarlas y/o maltratarlas. Pónganle siempre color a su existencia, no permitan que nadie pinte sus vidas de gris Sabor, sabor, todo en la vida tiene sabor Evitemos los agrios, los insípidos, los muy azucarados, etc.
Se le pone sabor a la vida con una sonrisa coqueta, una pícara mirada, una conversación sazonada con variados condimento amando con olor, color y sabor a tu pareja pero, especialmente, amándote a ti misma con estos tres ingredientes.
Finalmente, una anécdota que recuerdo muy vívida mente fue la ocurrida a comienzos del año 1963 cuando mi mami, acomodando mis cosas, descubrió unas cartas que mi enamorado y yo solíamos intercambiar a diario; me gané una tunda de padre y señor mío adicional a la vergüenza de ver mi intimidad al descubierto. Cuando papá volvió del trabajo y se enteró de lo ocurrido se molestó y le reprochó a mamá por haber violado mi privacidad y haberme castigado tan fuerte; tiró el famoso chicote “San Martín” al techo y me dijo que no me preocupara porque era la última vez que sucedía aquello. Yo, pese a conocer sus ideas de avanzada, tan diferentes a la de la inmensa mayoría de los adultos de aquella época en Huacho, me impresioné y me sentí muy agradecida con él.
Este proceder suyo, no hizo más que afianzar mi respeto y mi confianza, sellando con más fuertes lazos mi amor hacia él.

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