05 diciembre 2017

MIS RECUERDOS MEMORABLES DE JULIO SOLÓRZANO Y DE HUACHO:

Por: Samuel Cavero Galimidi

Entre mis recuerdos está siempre Huacho, su cálida gente, su pintoresca plaza de armas, sus hoteles perfumados, su deliciosa gastronomía, igualmente la Sociedad de Poetas y Narradores de la Región Lima y en especial escritor Julio Solórzano Murga, quien ha sido un gran gestor cultural incansable, un apreciado escritor poeta de cuidada pluma,  un esforzado esposo y padre de familia, pero además un terco soñador por un mundo mejor, en pocas palabras el obsesionado director de orquesta entre los escritores de Huacho y otras provincias de Lima.

Dice Elbert Hubbard: “Un amigo es el hombre quien conoce todo acerca de ti, y de todas maneras te quiere”. No me ufano de esta amistad que en el camino de la vida, cuando uno debe doblar la esquina no estoy seguro si igualmente él me aprecia y si nuestra sólida amistad de muchos años todavía se mantiene fuerte como una espada y una cruz de bronce. Por eso, son tan sabias y tan ciertas las expresiones de Antoine De Saint Exupery: “Tener un amigo no es cosa de la que pueda ufanarse todo el mundo”. Y quizá también hubiese sido mejor dejar escuchar al gran poeta español que nos dice: “Sin palabras, amigo; tenía que ser sin palabras como tú me entendieses”.

     En cuanto a la ciudad de Huacho mi amor por ella nació la primera vez que la visité en la nostálgica y muy violenta década de 1980. Yo creo que acudía a ella para buscar un poco de paz y sosiego, porque hasta a mí se me investigaba y perseguía creyéndome ser un infiltrado de Sendero Luminoso, esto por los Servicios de Inteligencia de la FAP, cosa más antojadiza y falsa.

     Y entonces yo acudía a esa ciudad para buscar un momento de paz que no podía hallar en la capital ni con mis compañeros de armas y menos con mis superiores. Fueron años de tormento en que viví enamorado de su campiña, de sus playas casi desiertas y muy limpias, pero también era Mi Nido de Amor. Alguna vez me enamoré allá de una linda huachana que en cosas del amor me olvidó fácilmente pues se buscó su huachano, un camionero adinerado. Mi único patrimonio en ese tiempo era el uniforme azul de la FAP.
    Pero yo como amaba Huacho volvía una y otra vez, de manera furtiva como se encuentran los grandes amantes, casi sin que lo sepa nadie. Una vez volví con un grupo de amigos para gozar de su playa en pleno verano. Nos dirigimos todos para disfrutar del mar y el sol sobre la arena. Sin presagiar que algo nos ocurriría. Mi amigo Martín, un muchacho miraflorino que tenía a su madre como auditoría general de SAGA en San Isidro me prestó aquella vez un Reloj Rolex. “Úsalo te lo presto, eso sí debes cuidarlo mucho, pues vale seiscientos dólares”, me dijo. Yo en principio no acepté, pues no era de usar cosas caras ni de lujo, menos de solicitarlas en un viaje. A tanta insistencia acepté y llegamos a Hornillos y nos pusimos a tomar unas latitas de cerveza en su malecón. Fueron unas fotografías memorables las que nos sacamos para recordar aquella vez. Luego, nos fuimos a la zona de las rocas, donde golpeaba el mar. Y cuando bromeábamos vino una tremenda ola que llegó hasta nosotros y me arrancó el reloj que llevaba en la mano. ¡Se lo acababa de llevar el mar! Todos se echaron a reír por la revolcada que me dio. Yo me quedé totalmente desconsolado, tenía la cara de funeral, no podía creer que esas cosas me pasaran a mí.  Después de reprocharme mi amigo me dijo que le pagase en partes. En ese tiempo juntar 600 dólares era como juntar hoy 6000 dólares y hasta mucho más.  Pero cómo es la vida que, ese mismo día,  cuando retornamos  yo anhelaba encontrar algo en el piso como un anillo, una moneda de oro, la buena suerte que me alejase de la mala suerte. Y fue en Hornillos, playa desierta, que yo tropecé y hallé una billetera con mucho dinero.  Mi amigo quedó pagado con lo encontrado de pura leche, esto es de pura suerte. Y yo volví a la tranquilidad.

     Años después yo me retiré de la Fuerza Aérea del Perú siendo ya un prestigioso escritor, para dedicarme al periodismo y la literatura. Fue  el 2001 cuando ya me hallaba residiendo en Australia mi padre, médico director de hospitales, me contó que gracias al apoyo electoral y de campaña que le había dado al entonces Presidente Alejandro Toledo le habían dado “un puestazo”. Le pregunté, desde Sídney, en qué consistía “el puestazo”, pues mi padre siempre había sido director de hospitales, ganaba bien y acaba de jubilarse. Me contó en carta, ahora él lo puede corroborar a sus 90 años de vida, más lúcido que yo, riéndose de la muerte, que se trataba de un trabajo en Huacho, nada menos en Huacho, para capacitar en el Hospital de Huacho al personal médico y administrativo. Imagino entonces que quizá mi padre, Gilberto Cavero Bustamante y Julio Solórzano (también trabajador en un hospital de Huacho por muchos años) se conocieron y fueron amigos. 

      Mi padre, debo confesar, abandonó el trabajito ese porque en Huacho nunca tuvimos casa, así que debía viajar tres veces por semana hasta esa ciudad amaneciéndose, desvelándose, y aquello terminó por cansarlo, por agotarlo y aburrirlo. Pero a mí no, yo seguí amando en silencio tercamente a Huacho y con los años valorando de mejor manera a los poetas, escritores, educadores y gestores culturales notables de Huacho,  como Julio Solórzano Murga. 


    Ahora, después de valorar a Julio Solórzano en toda su trayectoria intelectual humanística y creadora, y a Huacho, mi paraíso escondido del amor, he terminado por quedarme con esta cita del gran poeta, actor y dramaturgo inglés William Shakespeare quien nos dice: “Guarda a tu amigo bajo la llave de tu propia vida. Los amigos que tienes y cuya amistad ya has puesto a prueba engánchalos a tu vida con ganchos de acero”.



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