05 octubre 2011

Cuento: La estación

Autor:  José Delgado Pimentel

El viajero quedó mirando por un momento al anciano que le había relatado cuentos encantados, sin decirle nada se puso de pie, encendió un cigarro mirando con temor a todos lados, se abrigó con su bufanda y subió a su auto. En ese momento se dio cuenta que estaba al lado de una estación de combustible el
la carretera y había pasado todo el día escuchando a aquel hombre que le había reparado el neumático. Su barba blanca, sus ojos profundos y ese hablar cansado lo habían introducido dentro de cada historia que le había contado. Encendió el motor y a través de la ventana puso dos monedas en las manos del viejo que le quedó mirando fijamente a los ojos. Viajaba sin compañía hasta la capital.

Atónito aún por haber oído con lujos de detalles los relatos puso en marcha el vehículo. Un poco más allá se dio cuenta que había olvidado su periódico en donde había anotado un número de teléfono importante, y regresó pensando todavía en los cuentos increíbles que había escuchado durante horas. Al llegar al
mismo lugar encontró la vulcanizadora cerrada y al viejo no lo halló, avanzó muchos metros más hasta la estación de combustible y habló con el empleado.

-Amigo ¿Ha visto al viejo enllantador? -preguntó bajando el vidrio de la ventana del auto.

-¿A quién se refiere?

-Al señor moreno, de barba blanca. Aquel que trabaja allá. -y señaló el lugar de la vulcanizadora.

-Usted debe estar soñando señor, allí no atiende nadie hace tiempo.

-¿Cómo? ¿Y el viejo de barba, con una cicatriz grande en la frente? He estado hablando con él por varias horas.

-¿Acaso me quiere tomar el pelo?

-No señor, es cierto. Le ruego que recuerde.

-Ahora comprendo -dijo el empleado tomándose la barbilla con la mano-,no es la primera vez que sucede esto, hace algunos meses, 'un señor que venía del norte le hizo la misma pregunta a mi compañero. Le contaré. Poco antes de comenzar a trabajar en esta estación, un ómnibus atropelló a un anciano que reparaba los neumáticos, el señor murió allí mismo, en la carretera, al lado de
Su vulcanizadora. Desde ese día nadie ha abierto el negocio, nadie atiende allí.

-¿Entonces quién reparó mi neumático y conversó conmigo? –se preguntó el conductor totalmente confundido.

-Y por favor-advirtió el empleado-, si alguien le hace parar el auto en la carretera no se detenga.

El viajero se alejó. Al pasar por la vulcanizadora, pudo ver todo con otro aspecto, la choza vieja, llena de tierra y no había agua en el cilindro donde minutos antes se había lavado las manos. Aún incrédulo detuvo su auto y bajó a tocar la puerta que al contacto se abrió. El hombre pudo ver que adentro había
Sólo un viejo medidor de aire, estaba su periódico en el suelo, al lado también estaban las monedas que le había dado al anciano, dio un paso adentro y vio pegado en la pared un recuerdo de misa con la foto del mismo viejo y pudo leer:

«Recuerdo de sus hijos y nietos en el primer mes de su sensible fallecimiento» y la fecha que señalaba el año anterior. Se le escalofrió el cuerpo, sintió que se le erizaron los cabellos y se replegó lentamente hasta que topó con su auto, tanteando con la mano y sin voltear abrió la puerta del vehículo, subió y encendió nuevamente el motor y pisó a fondo el acelerador para alejarse de aquella tenebrosa escena.

El oscuro manto de la noche estaba por caer. El viajante no comprendía lo sucedido, de pronto su miedo le increpó a mirar con temor por todos los rincones del auto, y cuando levantó la vista hacia el espejo retrovisor, se encontró nuevamente con el rostro del viejo que le sonreía, detuvo el auto bruscamente y volteó a mirar el asiento trasero, ya no había nadie atrás. Se frotó los ojos. «Debo estar volviéndome loco» pensó, luego se dio valor y retomó el volante. Avanzó unos kilómetros hasta llegar al peaje y estacionó su auto para meditar. Al momento llegó hasta el vehículo un hombre de rostro sombrío.

--Señor -rogó con voz bronca-, cómpreme alfajores, son de Sayán.
Era un vendedor de dulces. El conductor bajó el vidrio de su ventana sin dejar de mirarlo y casi quedó sin aliento al descubrir que era el mismo viejo pero muchos años más joven.

-Sí, deme un paquete –alcanzó a decir. Luego se reincorporó convencido de que era victima de su propio miedo-, Dígame buen hombre ¿falta mucho para llegar a Lima? ¿Puede decirme dónde estamos?

Lima está a dos horas de viaje señor –luego el hombre le dijo sonriendo, con una mirada que el viajero le revivió de nuevo el miedo y el pánico en todo su cuerpo.

-Estamos en Huacho… “tierra de brujos”.

Y le entregó los alfajores envueltos en un papel. Y se alejó, pero no fue hacía la garita de peaje, sino se fue rumbo al desierto, perdiéndose en la densidad de la noche. El viajero lo siguió con la mirada hasta que desapareció.

Cuando quiso abrir el paquete que contenía los alfajores, el viajero volvió a estremecerse porque aquellos estaban envueltos con el mismo periódico que había olvidado en la choza del anciano y donde estaba anotado todavía su número de teléfono importante.

José Delgado Pimentel
Poeta y narrador huachano

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