05 diciembre 2017

Celia Ariza Mendoza: LA GALLINITA DE GRANA

LA GALLINITA DE GRANA

Cuando llegó a la casa de su dueña era sólo una bolita de plumas amarillas que no cesaba de piar y piar incansable. A medida que crecía, su mundo también crecía con ella. Primero sólo fue una caja de cartón revestido de abrigador algodón, luego una esquina de la cocina en el lugar más tibio de la casa, después la cocina completa, y finalmente la casa entera, amplia como humilde.

En ese trascurrir de tiempo, su cuerpo se vistió de un brilloso plumaje multicolor y su cabecita se adornó de una tímida cresta roja, pequeñísimo detalle que le ganó el sobrenombre de «gallinita de grana», que recibió con evidente presunción.

Desde el principio detestó tomar posición del extenso corral porque odiaba su silencio, prefería desplazarse por los ambientes de la casa, porque era ahí donde le encantaba escarbar y esparcir el suelo de la humilde vivienda, sus robustas patas en busca de piedrecillas diminutas, o de algún gusanillo que saboreaba con escandaloso ruido. Sí, ésta era su tarea de siempre, o casi siempre.
Porque su diversión preferida era otra que le causaba estremecimiento y sin embargo no dejaba de hacer. Segura de la cercanía de su dueña entraba al dormitorio de los niños para interrumpir sus juegos, batía como abanico sus alas y gritaba ¡Cocorocooo! ¡Cocorocooo! con fuerza, a la espera de que los pequeños la persiguieran alejándola del lugar; entonces con las alas abiertas y plumas erizadas por el susto, corría despavorida en busca de su dueña, que se interponía entre ella y los niños.
¡Basta niños!, dejen tranquila a la pobre gallina —decía la mujer—. Los niños soltando risotadas inocentes regresaban a su cuarto a seguir jugando.
No pasaba mucho tiempo para que la gallina volviera a lo mismo, y era tanta su insistencia que siempre conseguía que los pequeños la persiguieran; protegida luego detrás de su dueña, disfrutaba con la mirada picara la reprimenda que recibían los niños. Cómo le agradaba fastidiar a los pequeños, y a ellos, perseguir a la gallina, que con el tiempo se iba poniendo cada vez más redonda y belicosa.
En los últimos días la gallina había iniciado una nueva afición, en las noches claras cuando todos dormían, batía sus alas en silencio y salía por la ventana abierta, volando a casa de los vecinos y aún más lejos, picoteando y trayendo en su pico, cualquier objeto entre suave y brillante que le parecía útil. Dedicándose con ellos al trabajo laborioso de armar su nido en un rincón del corral, que había dejado de odiar ya que ahora necesitaba un lugar tranquilo y solitario.
Sucedió que uno de esos días, su dueña tuvo que tomar una difícil decisión, su situación económica había ido de mal en peor y sus recursos se habían terminado. Entonces cogió a su gallina y la puso sobre la mesa, la miraba largamente, indecisa. Intrigada la gallina preguntó:
¿Querida ama que va hacer?
Te voy a quitar la vida gallinita —respondió apesadumbrada.
Ud. que me ha cuidado de pequeñita, me ha alimentado y me ha protegido ¿Me va a matar?
Es que mis niños no tienen que comer —se justificó avergonzada.
Si es por ellos, no se apene querida ama, puede utilizar mi carne para alimentar a los niños. Y sin decir más, recostó su flácida cabecita sobre la mano temblorosa de su dueña.
La mujer tomó el cuchillo y lo acercó al cuello tibio de la gallina, de pronto algo incomprensible la hizo detenerse; de sus ojos comenzaron a caer lágrimas que no lograba detener. ¡Es sólo una gallina!, ¡las gallinas se crían para comerlas! Se repetía insistente. Sin embargo, las lágrimas seguían resbalando sin control por sus mejillas. Luego de un buen rato de lucha se dijo: ¡No puedo hacer esto! y tiró la hoja de acero muy lejos de sí.
Se sentó en su vieja silla, con la cabeza gacha, con la angustia de no saber qué daría de comer a los niños.
¿Querida ama por qué está llorando?, —preguntó de nuevo la gallina—. Es bien conocido que ellas no se caracterizan por su inteligencia.
No tengo dinero para comprar alimentos —respondió la mujer—, sólo tengo este miserable centavo que no sirve para nada, y tiró la moneda que cayó cerca de las patas de la gallina.
¿Eso tiene valor para Ud. ama?
Es moneda gallinita, se compran víveres…, cosas —dijo la mujer.
Yo tengo muchas de éstas y aún más grandes —exclamó la gallina. Y abriendo sus alas como perseguida por los niños, salió corriendo con torpeza hacia el corral en busca de su nido.
La mujer acercándose observó el lugar. Había una cantidad de pajas secas entretejidas con mucho esmero, adornadas con hojas secas, pelusas, papelitos y diversas fibras de colores, todas muy bien entrelazadas en una laboriosa tarea, formando una corona blanda en un rincón del corral.
¡Levante el nido! querida ama, ¡levántelo!
Obedeció la mujer con incredulidad, levantó el nido que se alzó con facilidad. Ante sus ojos, tapizando el polvoriento suelo, aparecieron discos amarillentos y blanquecinos de diferentes tamaños con inscripciones antiguas y símbolos extraños. La mujer tomó uno de ellos y quitó el polvo que le cubría, su color dorado relució con fuerza, se asustó al comprobar que estaba observando un pequeño tesoro.
Gallinita de grana, ¿de dónde has traído esto? —preguntó la mujer con asombro.
Quiso responder de prisa, pero se dio cuenta de que no lo recordaba, dobló la cabecita hacia un lado para concentrarse mejor, no dio resultado; la torció hacia el otro lado, y nada; sus ojos parecían salírseles de las órbitas tratando de recordar, pero era en vano, su débil memoria no le respondía.
No importa gallinita —dijo la mujer comprendiendo el esfuerzo, dando descanso al cuello tensionado de su pobre ave.
Recogió las múltiples monedas y fue a venderlas, como lo esperaba, recibió buena cantidad de dinero por ellas, pequeña fortuna que logró invertir en un negocio, y se cuidó de administrar con sabiduría.
La gallina continuó con su vida monótona de siempre, de molestar y ser correteada. Hasta que un día, luego de estar buen tiempo sentada muy quieta sobre su nido, vio aparecer muchas cabecitas amarillitas que piaban sin cesar. «¡Los niños ya pueden jugar tranquilo, nunca más volveré a molestarlos!», pensó la gallina. Y abriendo las alas abrigó con inmensa ternura a sus críos.
Los niños no pensaban igual. Luego de ver las cabecitas en el nido, corrieron a su dormitorio con los ojos inmensamente abiertos por el asombro. Esos polluelos latosos crecerían pronto y entonces… ¡Oh, qué trabajo tendremos! Dijeron, y lanzando risotadas inocentes continuaron su juego de siempre.
Celia Ariza Mendoza












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