24 noviembre 2017

PEDRO CASTAÑEDA PARDO: POEMAS



YO SOY EL CÓNDOR

Yo soy el cóndor que con mis alas surco el mundo,
ante la mirada indiferente del hombre
que, poco a poco, me está matando…
Yo soy el cóndor que desde la cumbre dorada de mi casa,
puedo ver tus sueños, aún, cuando estás dormida.
Yo soy el que puede sentir el aliento de un río pasajero,
cobijarme en el cristal de tus ojos
y cruzar los riscos en busca de tu amor ausente.
Yo soy el cóndor que puede leer
la carta dormida en tu pensamiento
y llevar sobre mis alas
el encargo que duerme en tu silencio.
Yo soy el cóndor que cuando te veo en el campo
siento que mis alas lloran
al saber que estás donde nos pertenece.
Yo soy el cóndor que en noches de frío incesante
paso milenarias horas reclamando tu presencia.
Yo soy el que teje bufandas de nieve
aunque mis huesos, soportar ya no puedan.
Yo soy el que puede contemplar el cielo
en el alma de las lagunas.
Yo soy el que ondulo mis sufrimientos
al mirar los pasos que dejaste al cruzar mi destino.
Yo soy el que, en mis horas de sufrimiento
dibujo estrellas de mil tamaños
esperando el día de tu llegada.

MI CASA

Mi casa está tejida
con adobes de cristal,
una cubierta de teja andina
y un aroma a inspiración.
Tiene una sala pequeña
que solo da para tres,
una cocina amorosa
que alimenta a una legión.
En ella cocina mi amada
los mejores potajes
de nuestra vasta región.
En la puerta hay un árbol,
claveles, gladiolos,
y un perfumado rosal.
A veces no falta el zorzal,
que alegre canta
en las mañanas
y al atardecer.
Mi casa es de todos:
de mis padres y hermanos,
de mis hijos y amigos;
es el mantel blanco
que protege mi vida.
En ella he llorado,
escuchando un eco lejano
que parece la voz de mi madre
caminando en la oscuridad.

TE EXTRAÑO

Con mano franca te entregué mi mirada,
con mirada sincera te di mi mano.
No sé si fue en enero, pero fue un verano,
yo llevaba una sonrisa y tú, un alma delicada.
Desde tu ventana colgaba las ramas empolvadas
de un perfumado clavel que a diario se mecía.
No sé para qué te conocí:
Si fue para amarte o para que tú me amaras.
¡Oh amistad pasada, ilusión venidera!
Aprendí a quererte sin saber,
al tocar tus manos que hablaban verdades,
al sentir tu mirada que me acariciaba,
y al leer tus labios que me cantaban ternuras.


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