21 marzo 2013

ENTREGA TOTAL

ENTREGA TOTAL
(Relato del libro Forjando Voluntades)
Aristóteles Requejo Armas

-Son los jircas(*) los que no dejan que el agua baje…, comentaba un campesino mientras ascendía el cerro San Cristóbal dispuesto a demostrar que si el pueblo en conjunto participa, los jircas entenderán que en este lado del cerro, el agua es necesaria, para regar los pastizales y las cementeras.

Inocentes de que la irrigación tiene un error de ingeniera, sube el pelotón de trabajadores, dispuestos a remover todo escombro que impida que el agua por fin baje.

En medio de aquella bulliciosa comitiva, portando un barretón al hombro, asciende una madre, dispuesta a participar en aquella gloriosa jornada.

El pueblo organizado, luego de ardua labor, consiguió a fuerza de pico y pala, convencer a los jircas que al agua hay que dejarlo correr.

De aquellas fechas memorables de agua, jircas e irrigación, han pasado ya mucho tiempo. De aquella madre de familia que un día osó retar a los jircas mostrándoles en el hombro el barretón, ahora, se encuentra en su lecho de enferma. Su permanente labor en el campo y en la casa, han hecho mella en su inquebrantable salud.

Los descendientes de la vaca mocha, varios toros y algunas vacas, se ofrecieron voluntarios para aportar con su carne, un recurso necesario para enviar a la esforzada señora a un lugar seguro, y casi en camilla partió camino a la capital, en busca de un hospital.
Sus hijos mientras tanto, unos universitarios y otros preparándose para ingresar, esperaban en Lima, unos alojados en casa del tío José, otros en casa de la tía Judith.

La convaleciente a la capital llegó, repartió los quesos, la carne, el charqui y los cuyes que desde el pueblo llevó, entre familiares y amigos.

En casa del tío José, con mucha dificultad a la mesa se sentó; y en ese momento, con la mesa servida para la cena, en el mueble leyendo la prensa, estaba el tío José esperando tener hambre.   
El postulante a la universidad, casi corriendo contra el tiempo, necesitaba seguir estudiando, y confiado por la presencia de su convaleciente madre, decidió comerse la sopa.

Mas tarde se paró el tío y observando el plato de sopa vacío, se dirigió al muchacho para decirle cuatro regaños. La norma era: nadie podía comer si él no estaba en la mesa.
Aquella muestra de irracionalidad hizo parar de su silla a la enferma y en silencio consoló a su hijo, le dijo que no se preocupara, que realmente no estaba enferma, todo había sido un ardid suyo para vender unas reces y poder construir una casa, donde tendría todo el tiempo para estudiar.

-No te preocupes hijito, mañana temprano saldremos a comparar los materiales.

Con la enfermedad para otro momento postergada, volvió a tomar el barretón al hombro y sentar las bases de una ansiada edificación.

*Jircas: Dícese al alma de los cerros, ancestros

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