23 abril 2012

Amor amarillo - Cuento de Carmen Amaralis

Amor amarillo ( amigos les comparto un relato verídico de mis años en Japón)


Qué importaba si tenía los ojos más o menos oblicuos. Yo no notaba diferencias, ni entendía su rechazo.

- Doctora, no puedo, no, es coreano. Mi padre jamás lo permitiría.

Y yo que siempre pensé que el prejuicio era de blanco a negro, no podía entender que existiera prejuicio de amarillo a amarillo. Y comencé a mirar con más detenimiento, y a preguntar, y hablar, aunque en la mayoría de los casos no me respondieran. Un sirviente no le habla al amo. Un sirviente no mira a los ojos de su señor. Bueno, en mi caso a una señora.

Imagino que para ellos, los coreanos, acostumbrados a que los señores eran siempre hombres, les costaba entender qué hacer con una señora encargada, científica. Era la primera vez que se topaban con esa situación. Yo era la única mujer entre setecientos científicos en el Instituto de Química Física de Tokio (Rikagaku Kenkiusho).

Coreanos limpiaban baños, coreanos recogían la basura de los laboratorios, coreanos limpiaban mi escritorio, y yo no notaba nada distinto, para mí que eran japoneses, no veía diferencia hasta el día en que la telefonista, Taako, horrorizada, me dijo que su padre jamás permitiría que ella, japonesa, se casara con un coreano.

Yo veía el brillo en los ojos cuajados de amor de Cumasan cada vez que pasábamos juntas por el corredor, camino a la cafetería.

Nos seguía con su mirada oblicua hasta que desparecíamos por el pasillo.

Era obvio su pasión por Taako, y yo no podía entender el rechazo de ella por un joven tan apuesto.

Yo me había convertido en la amiga de Taako. La joven siempre salía corriendo disparada de la cabina telefónica para avisarme de las llamadas desde Puerto Rico, y como hablaba buen inglés me era mucho más fácil comunicarme con ella que con los otros compañeros en el Instituto.

Siempre he tenido la cabeza dura, lo sé. Así que me entró la obsesión por lograr que el amor de Cumasan se viera realizado. Les hice una petición. Que me llevaran a la playa.

La más próxima a Tokio se encontraba a tres horas del Instituto, así que Taako, Cumasan y otros jóvenes científicos hicieron arreglos para que pasáramos un fin de semana en un campamento en una playa.

Tengo que confesar que luego de conocer las playas de Puerto Rico, cualquier otra playa, por comparación, es menos bella. Pero por las noches en las playas en Japón tiran fuegos artificiales, encienden luces de Bengala, hacen hogueras y el contorno se vuelve mágico.

Y en esa primera noche al arrullo del mar, y con la luna encendida, se realizó el conjuro e hirvió la pasión, y desde entonces los ojos de Taako seguían los de Cumasan por los largos pasillos del Instituto.

Hoy muchos años después, estoy pensando en Cumasan. Y no encuentro la manera de saber si Taako fue valiente y defendió su amor de los prejuicios, formando su hogar con un coreano.

Después de todo el amor no tiene color.


Carmen Amaralis Vega

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